El peluquero

A mi abuelo Santiago

a mi abuelo Santiago

Asentaba navajas en un listón de cuero,
porque era su trabajo arrancarle a los rostros

             sus animales muertos.
Hacía barba y bigote para el espejo atestado de gente.
Su navaja pulía aquella superficie,
rasuraba los rostros del espejo y haciendo su trabajo,
             ¿afeitaba al espejo?

Era más chico que un tarro de gomina Brancato
             mi abuelo,
pero una cabeza más alto que la muerte.
Invitaba al cliente sacudiendo una toalla
y el cliente ocupaba aquel sillón Dosetti de madera
             y entraba en el espejo.
El estilista hablaba solamente con su tijera
y cuando ella por fin tenía la lengua desgajada
             hacia un lado, él decía: “servido”.

Mi abuelo maquillaba al espejo con estrellas de talco
             y usaba un pulcro saco blanco.
La muerte -que es prolija- le envidiaba

             su colección de peines.

Un día la muerte, que hojeaba una revista deportiva,
             dijo: “me toca a mí”.
Y ocupó aquel sillón, despatarrada y con un

             remolino en la cabeza.
“Tiene un pelo difícil”, dijo sin voz mi abuelo.
Después, la muerte asentó su navaja y haciendo

             su trabajo, ¿rasuraba al espejo?
El peluquero se marchó bajo un cielo cualquiera

             con estrellas de talco.
El espejo se pasó la mano por la cara afeitada,
             suave, como un recién nacido.

De Sordomuda (1991)

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